Para muchos los medios de comunicación y consecuentemente la opinión pública, nada tienen que hacer con los jueces y la justicia. Yo mismo compartía la opinión dominante entre abogados y jueces de que la prensa solo complica las cosas, que su intervención es una suerte de interferencia indebida, en un proceso que está reservado a los entendidos letrados.
Bueno con el tiempo he cambiado de opinión y he llegado más bien a la convicción contraria, los medios y la opinión pública tienen derecho a estar informados del funcionamiento general y particular del sistema judicial en cualquiera de sus ámbitos. De hecho si miramos los orígenes del sistema judicial veremos que los ritos judiciales fueron siempre de cara a la comunidad, y muchas veces con su participación directa como jurado. Cuando uno lo piensa detenidamente, es lógico, parte de la función que cumple la resolución jurisdiccional de los conflictos es la de producir confianza en la población –opinión pública- de que el sistema funciona adecuadamente. Si oculto el rito necesariamente se generan sospechas sobre el sistema y sus actores. Desde esta perspectiva, la instalación del sistema inquisitivo en Chile generó un daño enorme que no será fácil de revertir.No puede llamarnos la atención la “mala imagen” de jueces, abogados y del sistema de justicia –no sólo del criminal-. Hay que agregar que además se ha superpuesto otro problema: la falta de claridad sobre el accionar real del sistema judicial y sobre el rol de los jueces. Este problema es particularmente agudo en materia criminal y sobre la función de los jueces de garantía. La falta de una vocería que exponga a la ciudadanía –y también a los periodistas- el sentido de determinadas instituciones ha sido muy dañina para el sistema. En los tiempos que corren, opinan sobre la materia dirigentes políticos, parlamentarios, víctimas, ministros de estado y hasta la presidenta, pero los jueces guardan silencio. El resultado de este mutismo ha significado una percepción del sistema judicial completamente alejada de la realidad, a modo de ejemplo, es interesante ver como se ha instalado el concepto de la “puerta giratoria” en materia de controles de detención, lo que ha llevado a sindicar como responsables del supuesto aumento de la delincuencia y el consecuente clima de “impunidad” a los jueces que serían “demasiado” garantistas. Pero si hemos visto como impunemente algunos parlamentarios denuncian a los jueces como una especie de cómplices del delito.
Ninguna de estas distorsiones, “la delincuencia no ha subido y los presos han aumentado a niveles nunca vistos en nuestra historia”, se podría haber instalado si no fuera por el silencio de los jueces. “Quién calla otorga” dice el refrán, en teoría comunicacional, se habla de “la espiral del silencio” según la socióloga alemana E. Noelle-Neumann. Lo concreto es que se ha producido un desbalance en las percepciones públicas que –como era fácil de predecir- no solo ha acrecentado el temor ciudadano al delito, sino que ha desviado las políticas criminales hacia un derecho penal puramente represivo y fundado en criterios peligrosistas decimonónicos. Los costos sociales han sido graves, y la situación se puede poner aún peor.Desde esta perspectiva es, en mi modesta opinión, un deber del poder judicial el intervenir en los debates de políticas públicas cuando éste se distorsiona.¡ Pero si se ha puesto en duda hasta la presunción de inocencia! Y esto ha ocurrido sin que nadie se escandalice ni se ruborice. El debido proceso, la presunción de inocencia, el principio de proporcionalidad, y el mismo estado de derecho democrático, tienen que ser defendidos por quienes justamente cumplen la función de proteger las instituciones constitucionales democráticas, explicándolas en lenguaje sencillo a todos los ciudadanos, y por sobretodo, advirtiendo de los costos para todos en caso de un deterioro de un sistema racional y democrático de justicia. No es tan difícil, por ejemplo, un juez podrá indicar que la presunción de inocencia en materia penal es lo que impide que se condene a personas por simples sospechas, lo que aumenta el riesgo de errores del sistema, puesto que se exige menos acuciosidad a los órganos persecutorios. Es decir, si destruimos la presunción de inocencia, todos perdemos, todos estamos en riesgo, y el sistema se va a hacer menos eficientes: más inocentes serán condenados y más culpables quedarán en libertad e impunes. Como diría el olvidado Sebastián Soler, tenemos que ser capaces de comunicar nuestra fe en el Derecho, de lo contrario, este desaparecerá.
























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